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“CADIA” Y “RASCA RASCA”. DOS PERSONAJES DE SALINA CRUZ.

Escrito por  FERNANDO VILLALANA CABRERA. Publicado en Crónicas de un puerto Viernes, 06 Noviembre 2015 08:31
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Los personajes de un pueblo son el fiel reflejo de la vida cotidiana, de las costumbres y hasta de las actividades de la época. Al recordarlos reconstruimos parte de nuestra historia y alimentamos nuestras raíces, fortaleciendo nuestra identidad. Cada uno de nosotros tiene una historia para contar, algo importante para recordar de lo que vivimos y  de los hechos que fuimos testigos. En un pueblo quién no recuerda al sastre, al peluquero, al panadero, al chofer y en fin a todos aquellos que compartieron con nosotros el tiempo de nuestras vivencias.

En esta ocasión me refiero a dos personajes que me tocó conocer allá por el año de 1960, quienes tuvieron la oportunidad de vivir esos años, se han de acordar de ellos y al leer este trabajo compartirán conmigo las vivencias a que me refiero. He aquí un esbozo de  “CADIA” Y “RASCA RASCA”.

 

“CADIA”.

Desconozco su verdadero nombre, todo mundo la conocía en el mercado “Ignacio Zaragoza” como “Cadia”, para ella, verse bien y parecer una mujer bonita era una obsesión muy particular, tal vez porque así lo había sido durante toda su vida o quizá porque la frescura de su presencia combinaba perfectamente con su incansable actividad: el cultivo y la venta de plantas  como albahaca, ruda, yerbabuena, epazote  y flores como “amor de un rato”, tulipanes, bugambilias, rosales y murallas , entre otras. Su pasatiempo y actividad le permitía tocar con amor la tierra húmeda que lentamente se deslizaba entre sus manos para cobijar las raíces y darle vida a las pequeñas plantas. Por eso, su delicadeza, por eso también su rostro hacía juego con las flores a las que no descuidaba para mantenerlas hermosas y frescas para su venta.

A los niños de esa época nos hacía mucha gracia tan singular señora, con frecuencia la veíamos caminar de uno a otro lado del viejo mercado “Ignacio Zaragoza”, ofreciendo su mercancía. No entendíamos el por qué una señora de su edad, tal vez tendría unos cincuenta años aproximadamente, estuviera siempre bien maquillada, luciendo sus cachetitos cubiertos con mucho colorete y sus labios con un rojo carmesí. El cinturón grueso de color negro parecía darle una figura más esbelta. Así andaba por todo el mercado, doña Cadia era muy querida y apreciada por quienes la conocían. Un día ya no supimos más de ella, sólo nos quedó el recuerdo.

 

“RASCA RASCA”.

Tampoco supe su nombre, sólo sabía que era el pastelero a quien veíamos caminar por muchos lugares de la ciudad. A veces por el centro, por los parques, por las escuelas y en donde yo estudié en la “Casa del Obrero Mundial” en el barrio Espinal de Salina Cruz. Así andaba nuestro personaje por las mañanas o por las tardes, cargando sobre su cabeza una cajita con bordes de madera y partes cubiertas  con vidrio y en el brazo unas “tijeras” de madera que le servía de base para efectuar la venta de sus pasteles.

Este señor de complexión delgada, vestido con ropa de mezclilla y una gorrita de la misma tela para cubrirse del fuerte sol. Era “Rasca Rasca” el único pastelero más conocido por nosotros, no tanto por su pastel, sino porque era víctima de nuestras burlas, que al fin chamacos, dábamos rienda suelta al contemplar el efecto de irritación que causaba en él cuando le gritábamos  el apodo de “Rasca Rasca”. Era tan fuerte su molestia que llegaba al grado de aventarnos piedras al menor indicio de molestarlo.

Todos los niños, por naturaleza son muy observadores y preguntan por todo lo que ven y observan, y en este sentido,  la burla se combina con la crueldad.

Resulta que en un buen día, alguien observó que con frecuencia el señor pastelero  se llevaba las manos a las partes en donde se encuentran sus genitales y daba rienda suelta a su gozo rascándose con tanta satisfacción sin importarle que en su presencia estuvieran niños, mujeres o caballeros. Así nació su apodo.

Dándonos cuenta del enojo que le causaba tal apelativo, no tardó en divulgarse por toda la ciudad y desde entonces el pobre señor pastelero no tenía vida, volviéndose gruñón y mal encarado ante los gritos de que era objeto: “Rasca Rasca”.

Con el tiempo, dejamos de verlo, no supimos si se fue de la ciudad o tuvo que cambiar de trabajo ante las constantes burlas de niños y jóvenes  en donde también participaban algunos adultos. Quiero recordar que no muy pocos se salvaron de recibir una que otra pedrada del señor pastelero. Ahora lo recordamos con mucho cariño, tal vez porque su figura se familiarizó con nuestra niñez y logró que su presencia formar parte de nuestras vivencias.

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