Fin de año, un viaje de despedida.

-¿A dónde y a qué se dirige?-.

-A San Juan Alotepec, vamos a sepultar los restos de una tía-

Hola que tal chamacones y chamaconas, finos lectores. Bendecido y exitoso año para cada uno de ustedes. Hoy reinicia el BBM Noticias su edición impresa y es un gusto estar de vuelta con todos ustedes. Les confesaré que en lo personal estuve fuera de contacto de los aconteceres noticiosos de los últimos días por andar en lugares donde la señal es escasa o de plano, inexistente. Sin embargo, les contaré un poco de un viaje de despedida que hice en esta ocasión a la región chontal, allá por Tequisistlán para arriba.

De hecho, el diálogo con el que empiezo estas líneas lo entablé con el agente de policía que cuida la entrada de ´Tequis´. -Vamos en familia y en caravana, tres camionetas- le hice saber al policía, a sabiendas que el traslado de los restos de la tía venía con todos los papeles en regla desde Guadalajara. Oh, sí, porque aunque el difunto venga en cenizas también se necesita de permisos. Cosa que hasta antes de este viaje, el Danyboy desconocía.

Así fue como empezamos a internarnos a esa región chontal, pasamos Tlacolulita y otros pueblos, hasta llegar al arroyo Limón. Ahí hicimos una pausa para descansar un poco del camino de terracería lleno de curvas, subidas y bajadas, del polvo y las piedras. El agua fresca de ese riachuelo combinada con la algarabía de los niños que nos acompañaban nos hizo olvidar los próximos trescientos sesenta y tantos días que nos esperan en el ajetreo y bullicio de las diferentes ciudades de las que provenimos, sin embargo, el motivo del viaje nos obligó pronto a reanudar nuestro camino.

 

La altura de los caminos angostos nos permitió tener vistas espectaculares como las del pueblo llamado San Miguel, y en las partes bajas se pudo apreciar antiguas y grandes iglesias que se han construido en esa región.

Después de dos horas de la carretera federal, finalmente llegamos al mediodía a San Juan Alotepec, Asunción Tlacolulita, Yautepec, Oaxaca, México. Así de largo y extenso es el nombre oficial del pueblo ahora degradado a agencia de policía, según habitantes del lugar.

La familia ahí nos recibió con unos deliciosos tamales de hoja de plátano y de totomoztle, además que ya tenían lista la ´camagua´-maíz que ya no es elote, pero tampoco mazorca- para preparar unas tortillas que saben muy sabrosas servidas con queso y crema.

Tras pedir el permiso para el entierro, gratuito, por cierto, y programarlo para cuando ´bajara el sol´, una pariente joven nos hizo el favor de llevarnos a una poza de agua conocida como El arenal. Para llegar hasta ahí, caminamos unos quince minutos por un sendero que va paralelo a la tubería que abastece de agua al pueblo en general, la cual obtienen de la parte alta de un cerro.

Al regresar de la poza de agua, pasamos al hogar de otros familiares en donde ya nos esperaban con un suculento caldo de gallina de rancho acompañadas con tortillas hechas a mano. Un auténtico manjar en medio de los cerros y montes.

En la clásica plática de sobremesa, me pusieron al tanto de los problemas que tienen con las concesiones de pasaje y carga con los pueblos vecinos. Sí, aunque usted no lo crea, hasta en

los pueblos se da eso. Será porque la envidia y la ambición son parte de la naturaleza humana, fue lo único que pensé. Sin embargo, ahí mismo cayó mi hipótesis al enterarme que entre amigos sí se prestan los caballos o burros para acarrear sus bultos desde los campos hasta sus hogares a cambio de una ´jumbo´ o la módica cantidad de 50 pesos; lo que son las cosas cuando no hay intereses políticos, repuse.

Me platicaron también de los ratones que dañan las milpas. En ese punto, una familiar bióloga que nos acompañaba les sugirió no matar indiscriminadamente a las serpientes toda vez que son estas quienes se encargan de mantener el equilibrio del ecosistema para controlar la presencia de roedores.

En la plática, comentaron que han dejado de cultivar en las partes más altas por las pérdidas que han tenido en tiempos de sequía, sin embargo, dijeron que algunos mantienen sus semovientes allá lejos entre los cerros, los cuales a veces caen muertos al quedar inmóviles tras las mordeduras de los murciélagos o por los felinos que a veces merodean el lugar.

En ese sentido, una vez más la bióloga recomendó que tampoco acaben con los murciélagos toda vez que son los encargados de la dispersión de semillas en los campos.

Platicando nos llegó la tarde. Una parvada de cotorros o pericos que llegó a posarse en la copa de un árbol frente a la casa nos hizo volver la mirada que teníamos fija allá a lo lejos por donde dijeron que han visto las pisadas del felino.

La puesta del sol nos hizo encaminarnos hacia el panteón. Los familiares más cercanos a la tía llevaban en sus manos el cofre de cenizas y los otros, el pico y la pala.

Ahí se quedó a descansar la tía, en su tierra, sin pagar ni un solo peso, porque en San Juan las autoridades no cobran por sus honorarios, sino que sirven al pueblo a manera de tequio.

Al amanecer sabíamos que el retorno era inevitable. Un café y el tradicional pan torta que los sanjuaneros hacen nos alegró el estómago a chico y grandes, y conste que no necesitamos despertadores para levantarnos, pues con el rebuznar de los burros a las 5:00 de la mañana se despierta cualquiera.

Y si la tarde del día anterior nos habían maravillado una docena de cotorros, al amanecer la presencia de cientos de ejemplares de esa especie que atravesaron libres por los cielos del pueblo fue simplemente espectacular.

Ahí entendí porqué los sanjuaneros piden ser llevados a su tierra al dejar de existir, porque si hay una esperanza de resucitar, qué mejor que sea ahí.

En memoria de la tía Chayo. Respetuosamente.

Por hoy es todo, nos leemos en la próxima edición