EL COMENTARIO DE HOY

Como egresado de una Normal Rural –perdón por utilizar la primera persona, pues maestro fue mi primera carrera- conozco a fondo las ideas que ahí nos inculcaron hace ya algunos ayeres; la operación de los llamados Clubes de Orientación Política e Ideológica –los COPIS-; las lecturas del Poema Pedagógico de Makarenko o el “Qué hacer” de Lenin. No es pues fortuita la crítica a la falta de ideas y plataformas ideológicas adecuadas a los tiempos actuales en la llamada Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación –la CNTE-, así como el uso de métodos abominables como los bloqueos y la insatisfacción perpetua.

La soterrada cerrazón a la mejora de la calidad de la educación y la apuesta a la movilización eterna, son típicos de quienes ya han perdido la brújula de la ideología o se han extraviado en la obsesiva argumentación del desacuerdo. Pero vamos al grano. Durante la campaña política del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, en Guelatao, ofreció la abrogación de la Reforma Educativa, llamada por los maestros, neoliberal. El gobierno federal la propuso y el órgano legislativo la echó para atrás.

Lo que nadie les dijo a los dirigentes, mucho menos a los legisladores de raigambre magisterial, entre ellos dos oaxaqueños emanados del llamado Cártel 22, es que el Estado jamás habrá de renunciar a la conducción y manejo de la política educativa del país, que implica la redacción de planes y programas; el manejo de la nómina y las plazas; etc. Pero insisten en seguir haciendo el doble papel, juez y parte; trabajador y patrón, que hicieron en Oaxaca desde aquel 28 de octubre de 1992 hasta el 21 de julio de 2015. Es decir, que el

sindicato tenga el control de la educación, del presupuesto, de las plazas y otros. Que sea su coto de poder.

He ahí el eje de la movilización que se estuvo cocinando previa a la visita del presidente de México a Guelatao, este 21 de marzo. Ahora se sabe: la protesta no sólo fue contra los espurios ex presidentes, a los que se les impidió venir a Oaxaca, haciendo la Sección 22 el triste papel de cancerbera, sino también a los aliados, a cuyo triunfo contribuyeron. Ahora no se pide la abrogación de la Reforma Educativa, sino que ésta sea a modo.

No es pues la educación y su mejoramiento lo que preocupa al gremio, sino hacer de la misma un instrumento de poder. Dejar el aula y ganar la calle. Abdicar de la misión del educador para devenir parlanchín callejero, vertedero de consignas anacrónicas, no sólo pasadas de moda sino fuera del contexto actual del mundo de las ideas.