Día de muertos

Uno de los rasgos que mejor caracteriza al mundo oaxaqueño es la fuerza de sus tradiciones. Entre ellas, no cabe duda de que una de las más arraigadas es el Día de Muertos, cuya celebración inundó las calles de nuestra capital durante la semana pasada.
Bajo el lema “En Oaxaca, ¡La Muerte se Vive”, la ciudad organizó toda una serie de eventos, que incluyeron la Gran Comparsa Tradicional del martes por la noche, llena de catrinas espectaculares, una Feria Artesanal, una estupenda exposición colectiva de fotografía titulada “La belleza de la muerte” en el Palacio Municipal, la Feria del Pan y el Chocolate en el Jardín Carbajal, conciertos, espectáculos teatrales y de danza, concurso de disfraces, verbenas en los panteones, en fin, un amplio catálogo de expresiones culturales que no pudieron tener un marco mejor: vistosos adornos de cempasúchiles engalanando las calles de todos los barrios de la ciudad.
Nos han enseñado que la celebración del Día de Muertos viene de nuestros antepasados prehispánicos. Hay estudiosos, sin embargo, que ponen en entredicho esta idea tan extendida. Postulan que nuestras celebraciones derivan en realidad de ritos europeos medievales, originados a su vez de rituales romanos. Las calaveras de azúcar o el pan en forma de huesos provendrían de la imaginería de las reliquias exhibidas en los altares de las iglesias el día de Todos los Santos.
No soy quién para rebatir esta hipótesis o reafirmar aquella, pero lo que he visto en estos días me habla en todo caso de un sincretismo multicultural. Está desde luego el componente católico, pero también percibo, como en todo lo que ocurre en nuestra tierra, los ecos indígenas. Percibo esa textura peculiar que sólo puedo llamar oaxaqueña y también percibo, hay que decirlo, el influjo anglosajón del Halloween, que hace caminar todo tipo de máscaras al lado de una catrina. En la imagen de la catrina misma percibo la semilla del genial José Guadalupe Posada, un componente muy mexicano de principios del siglo XX, pero percibo asimismo la influencia hollywoodense del siglo XXI, a través de películas como Spectre, de James Bond, o Coco, de Disney.
La tradición no es una categoría estática. En tanto expresión de una sociedad tan activa culturalmente como la oaxaqueña, lo que cabe esperar es que sea una manifestación cambiante y fluida, un punto de encuentro de los gustos nuevos con las costumbres ancestrales, de los recuerdos con los sueños, de las cosas aprendidas con las aspiraciones. Vista de este modo, la tradición es, más que una mirada momificada hacia el pasado mítico, una auténtica puesta al día de la visión colectiva del mundo.
A los eventos públicos y multitudinarios que he mencionado hay que añadir las manifestaciones íntimas de reverencia a los muertos queridos de cada quien, escenificadas en los pequeños altares domésticos, una costumbre muy apreciada en mi familia. Recuerdo con amor los altares que hacía mi madre, que en paz descanse, allá en nuestra casa del Istmo de Tehuantepec, y ahora a mi esposa, a mi hija y a mí nos toca hacerlo. Están las fotos de nuestros parientes que se han ido, incluyendo por primera vez la de mi padre, que falleció hace cuatro meses, están las cruces de cempasúchil y de cresta de gallo, están las manzanitas, las jícamas, los nísperos, las mandarinas, las naranjas, la caña de azúcar, el dulce de calabaza, y están el pan de muerto con chocolate, el coloradito y la botella de mezcal.
En mi caso, el Día de Muertos está teñido además por un sonido que llevo en el alma: el tema “Luto por derecho”, la obra maestra del gran compositor samblaseño Atilano Morales, interpretada por la Banda Princesa Donají. Notas solemnes y de una tristeza enorme que, no obstante, logran el prodigio de reconfortar el corazón ante el dolor de la pérdida.
Día de Muertos: colores, aromas, sabores, sonidos y sentimientos tan particulares que constituyen una entidad cultural en sí, con las hipótesis históricas que sean y las fusiones y los sincretismos que se quieran. Fiesta en la ciudad de Oaxaca, sí, pero no hay un solo municipio oaxaqueño que no se haya dedicado en estos días a celebrar la vida honrando a sus muertos.